La culpa es de ella

La culpa es siempre de ella. No se engañen. Una actriz de proporciones y rostro perfectos tiene un iPhone. Por motivos ignotos (¿desconocimiento, falsa sensación de seguridad, descuido?) sube al servicio de almacenamiento online de Apple, iCloud, algunas imágenes provocativas, ligeras de ropa de su juventud, a todas luces privadas. Un día hay un fallo de seguridad en dicho servicio de almacenamiento. Un hacker ve la puerta abierta y se lanza sobre la cuenta de esta y otras actrices. Se forra al distribuir las imágenes por Internet. Esa noche millones de hombres se masturban viendo unas fotos que no iban dirigidas a ellos con la complicidad de la práctica totalidad de las redes sociales. Y la culpa es de ella, de ellas, por haber subido las fotos. Faltaría más.

Jennifer Lawrence fotografiada por Adrees Latif para REUTERS

Jennifer Lawrence fotografiada por Adrees Latif para REUTERS

No es del indeseable que roba, porque esa es la palabra, robar (gracias @SenseiConsultor), como quien le pega un tirón a un bolso; la intimidad de estas mujeres para lucrarse a su cuenta. No es culpa de los millones de salidos que están deseando hacer click en el enlace, abrir las fotos, hacer zoom, babear, opinar en las redes sociales, en el bar, en el trabajo, alardear de que ellos se han follado a chicas con mejor culo, con tetas más grandes. Me repugna pensar en los millones de salidos que esta noche se han masturbado mirando esas fotos que nunca fueron destinadas para sus ojos. Y no es porque Jennifer Lawrence, Lea Michele o Kristen Dunst sean mis amigas, hermanas, madres o novias: es porque son mujeres como yo y que sean bellas, ricas y famosas no evita que me ponga en sus zapatos y me quede claro que, en su situación hoy, querría que me tragase la tierra. Porque un descuido que tiene la gran parte de la población mundial no debería pagarse con un castigo tan desproporcionado.

Algo similar sucedió hace unos años con Scarlett Johansson. En aquella ocasión no hubo iCloud ni nubes de por medio: parece ser que un hacker accedió de algún modo a los datos almacenados en su teléfono y difundió unas fotos muy privadas dirigidas a quien fuera su novio, amante o lo que sea. Todo el planeta pudo verlas. Y tengo la sensación de que a quienes nos parece repugnante somos minoría. No me malinterpreten: tanto Jennifer Lawrence como Scarlett Johansson me parecen mujeres de una belleza sin igual, y disfrutaré sin complejos si ELLAS MISMAS DECIDEN desnudarse para alguna película o fotógrafo. Pero robar el cuerpo, la intimidad de estas mujeres solamente porque son hermosas y famosas me parece una actitud temerariamente cercana a la violación. Y me niego a ser cómplice de semejante indignidad. Me niego a mirar las fotos. Por mucho que me gusten estas chicas. Hay en Internet millones de fotos de chicas desnudas que sí han consentido que dichas imágenes se tomen, publiquen y compartan: ¿por qué ser cómplices de este robo cuándo hay tanto dónde elegir?

No se engañen. La culpa no es de ellas por sacarse las fotos. O por subirlas a iCloud. O por ser hermosas. O por tener senos. O tener culo. Ni siquiera es culpa totalmente del fallo de seguridad de Apple o del aprovechado que se ha lucrado con toda esta historia. La culpa es, amigos míos, de quien hace click en el enlace. Sí. Estoy hablando de vosotros. De los que abrís. Miráis. Hacéis zoom. Bromeáis sobre el cuerpo y la intimidad de mujeres que son probablemente demasiado buenas como para dejar que os acerquéis a más de un kilómetro a su culo. Dais pena, pero sobre todo dais asco.

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No quiero vuestro café

Escribo este texto ya arrepintiéndome de ponerme a hacerlo y dudando si lo publicaré. Afortunadamente este blog ya lo lee poca gente así que quiero creer que me expongo a una densidad de chorradas pequeña. Pero quién sabe. En fin. Que he venido a hablar de café. De esos cafés de los que tanto se habló la semana pasada. Café y violación. Dos cosas muy animosas de las que hablar en unos días de agosto. Pero no vengo a hablar de violaciones. Vengo a hablar de café, de esa extraña pócima que tanto os ha ofendido a muchos. Y lo voy a hacer a sabiendas de que puede que algún conocido se sienta identificado con lo que digo en este texto. A ti, amigo o conocido que lee estas líneas y te preguntas “¿No se estará refiriendo a aquella vez que yo…?” le respondo: “Bingo, amigo, estoy hablando de ti”. Y no lo hago porque busque disculpas, esté traumatizada o quiera poner a nadie en ridículo. Solo lo hago porque me apetece compartir una opinión. Si te fastidia, no haberte portado como un mentecato en el pasado, qué quieres que te diga.

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Graciosa taza de café para cinéfilos servida por Mike Breach en Nueva York y fotografiada por Erin Mulvehil http://www.huffingtonpost.com/2014/03/01/mike-breach_n_4877628.html

A lo que ibamos. Café. Cuánto se ha dicho estos días sobre el tema, ¿eh? Que si ya no se puede invitar a una chica bonita a un café sin que ésta vaya a acusarle a uno de acoso. Que si dónde está la frontera que separa la amabilidad de la pesadez, el estar de buen rollo de ser un puto baboso de mierda. Pues os lo voy a decir bien clarito: no lo sé, pero es el tipo de cosas que no hace falta más que sentido común para intuir. Hace tiempo que me harté de buscarla. Hace no mucho la encontré por pura casualidad y fue tan maravilloso como poco habitual, pero no es de eso de lo que va este post. Este post va de que, en general, no quiero vuestros cafés. No quiero quedarme a comprobar si sois majos o babosos. No quiero aceptar vuestra amabilidad porque ya empiezo a tener suficiente experiencia acumulada sobre qué es lo que dicha amabilidad pretende.

Café, decís. Café. Tengo 29 años y no me ha invitado a un café un chico en la calle, el metro, la facultad o una biblioteca en la puta vida. Eso sí, gestos y palabras obscenas, “¡vaya culo!”, “ole esas tetas”, “hola guapa, ¿quieres venir a sacarle brillo a esta?”, silbidos, roces innecesarios en bares y vagones de metro así como manos desconocidas hábilmente puestas buscando lo que sea, un culo, un coño, una teta en el metro, en un bar, en un concierto… esas cosas, de esas he tenido muchas. Lo sé, soy una estrecha, pero a mi estas actitudes lejos de subirme el ánimo me hacen sentir muy incómoda. Y todavía tengo que estar agradecida, que yo no soy nada del otro mundo: una chica bajita que siempre viste hecha un adefesio y con bastantes michelines. No quiero pensar en la tortura que debe ser salir a la calle y ser una chica despampanante. (Llegados a este punto ruego que os ahorréis las gilipolleces sobre lo mona que os parezco porque el post no va de eso). He tenido parejas muy guapas y he notado cómo las miraban por la calle y me he sentido genuinamente mal.

“No todos somos iguales” me diréis. Eso he pensado muchos años. Tengo muchos amigos varones que nunca me han puesto en una situación incómoda. Ni siquiera yendo borrachos como cubas: las chorradas que ha habido que leer estos días me hacen apreciarlos todavía más (son precisamente estos chicos los que no entienden nuestro cabreo con el tema del café, pero los entiendo: ellos que se comportan como personas y no como chuchos pueden no entender lo que pasa). Pero conozco muchos chicos que son unos maestros del café. Del café inocente, quien dice café dice una cerveza, que quedas para tomarte con alguien que te cae bien, con quien quieres entablar una conversación y quién sabe, tal vez una amistad. Pero ahí llega, el café. El café resulta que se toma arrimados. Muchas veces con la manita en el muslo y gesticulando con el otro brazo, golpeando el pecho de la fémina accidentalmente en unas cuantas ocasiones. La magia de la conversación se rompe con propuestas, ya sean verbales o físicas, no siempre sutiles. Una intenta no poner la mano sobre el muslo de él como una invitación a que él retire la suya del tuyo, te apartas hasta que ya no te queda asiento pero el café sigue acercándosete o mueves la cadera como si estuvieras bailando el limbo ante el más ligero asomo de una mano acercándose a ella (no, no soy una estrecha ni me molesta el contacto físico: me gusta el contacto físico con la gente en la que confío, no con personas con las que solamente he quedado para un café). Llegados a este punto reconozco que la imbécil soy yo por no levantarme e invitar al susodicho a meterse la mano por el culo. En su lugar dejo que la incómoda situación se prolongue hasta que se le deja claro verbalmente al sujeto que no, no va a tener sexo con una. A partir de entonces la amistad se vuelve imposible porque parece ser que una no entiende de qué va esto del café. Y lo reconozco, a veces me da rabia, porque más de uno y más de dos chicos que me caían bien han dejado de tratar conmigo cuando les he dicho claramente que no se iban a acostar conmigo.

De modo que, así las cosas, amigos varones, os pregunto cómo os sentiríais si alguien os tratara así. ¿Os gustaría? ¿Sí? ¿Os gustaría que una chica no se despegara de vosotros aunque con vuestro lenguaje corporal le estéis dejando claro que no os interesa? ¿Os gustaría que os palparan accidentalmente los pectorales o el culo con frecuencia? ¿Os gustaría que este comportamiento viniera de otro chico? ¿Cómo os sentiríais si fuera un chico al que admiráis y con el que queréis tener una amistad pero que insiste en invadir vuestro espacio vital con su aire seductor, como si solamente por ser tan atractivo tuviera ya vuestro cuerpo ganado? ¿Os habría violado? No. ¿Habríais sido víctimas de acoso sexual? No lo creo. ¿Os habríais sentido como gilipollas? Os garantizo que sí. ¿Habríais pasado un rato desagradable, tensos y absolutamente desconcertados? Puede. ¿Os habría compensado? Sospecho que ni de coña. Tal vez caeríais en el café una vez. Puede que dos. Pero mentiríais que dijerais que aún así seguiríais pensando bien de todos los que os invitan a un café, por muy majos que parezcan.

Así que lo siento mucho, amigos. No quiero vuestro café. Es más. Os lo podéis meter por el culo. Hace tiempo que decidí reducir la cantidad de situaciones ridículas e incómodas en las que me encuentro. Solo me acerco a quien me de confianza. Solo pongo una mano en un muslo, en un culo o en un cuello cuando no me cabe duda de que la otra persona así lo quiere. ¿Soy tímida? Sí. Pero sobre todo tengo enorme pánico a invadir el cuerpo de una persona y hacerla sentir incómoda por ello. Así que aprended modales, pensad en cómo os gusta que os traten a vosotros, pensad que no todo el mundo se siente igual con el contacto físico y luego, si acaso, invitad a café. Pero que sea solo café, por dios, que lo demás ya lo tenemos muy visto.

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De cómo empecé viendo True Detective y acabé echando de menos True Blood

No, no voy a decir que True Detective me parezca una mala serie. ganas no me faltan, pero sería faltar a la verdad. Solo puedo decir que no es tan buena como se dice. Nadie pone en duda que los ocho capítulos son toda una lección de interpretación, que la fotografía es mejor que la de la mayoría de películas que se estrenan en cine y que la atmósfera, la sensación de estar dentro de los episodios oliendo a wisky, barro y tabaco, no hace más de incrementarse capítulo a capítulo.

Tomo prestada la genial ilustración que han hecho los chicos de Suxinsu para su camiseta de True Detective y aprovecho para recomendaros su web y sus camisetas, tan suaves como bonitas.

Tomo prestada la genial ilustración que han hecho los chicos de Suxinsu para su camiseta de True Detective y aprovecho para recomendaros su web y sus camisetas, tan suaves como bonitas.

Si en estos años no hubiera habido series como Downton Abbey, Black Mirror, Broadchurch, House Of Cards o la ya defenestrada Homeland (poco se ha hablado del papelón que tienen los cuatro actores protagonistas en los últimos tiempos de esta serie) la calidad interpretativa de Woody Harrelson y Matthew McConaughey podría ser noticia. Pero seamos sinceros, hace años que en la televisión no sólo están los mejores guionistas sino que también se lleva las mejores interpretaciones de la producción audiovisual anglosajona. ¿Serán la atmósfera, la ambientación, la fotografía o las esporádicas alucinaciones, entonces? ¿Qué pasa? ¿No hemos visto Les Revenants, Utopía o Breaking Bad? Todos trabajos destacadísimos por su calidad técnica y originalidad visual que no se han endiosado tanto (los dos primeros, se entiende) como al último gran éxito de la HBO.

Les explicaré por qué yo creo que True Detective ha tenido tanto éxito: porque es un producto creado, promocionado y medido hasta el último detalle para molar. Dos policías alcohólicos tratan de resolver un caso (si éste tiene o no sentido no nos importa demasiado) y se pasan horas en un coche recorriendo los pantanos de Louisiana mientras fuman y hablan de lo divino y de lo humano, soltando unas parrafadas que rivalizan seriamente con las letras de Vetusta Morla en pedantería y falta de contenido. BOOOOM. Ya está, todos como locos: drogas, violencia, nihilismo, autodestrucción y una teta de vez en cuando. Ya tenemos la nueva serie más grande que se haya hecho. Y si encima le ponemos la marca de la HBO, pobre de quien diga que nos la están metiendo doblada.

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Lo cierto es que True Detective me ha gustado más al final, en los capítulos que se desarrollaban en el presente, para entendernos, especialmente el séptimo, que por una maldita vez nos deja ver a los detectives haciendo su verdadero trabajo de forma ágil e interesante. El resto del tiempo el discurso está tan mascado y tan digerido, se dirige tan descaradamente al espectador hacia lo que debe pensar y creer que a mi, personalmente, me cabrea. Todos esos monólogos tan bien interpetados no son más que la exposición plana de la burra que los guionistas quieren vendernos y ni siquiera cuando SPOILER => al final volvemos a comprender entre sollozos que el duro Rust no es más que un pobre hombre roto por la muerte de su hija el espectador tiene derecho a pensar por si mismo. La humanidad de Rust solo aparece en una especie de epifanía mística producto de una paliza que casi lo mata. Sé que me crucificarán por esto, pero si no sabes darle humanidad a tu personaje de otra manera, estás cayendo en una variante de un deus ex machina muy patética <= SPOILER.

Como pueden ver me fastidia que me digan lo que tengo que pensar. Pero me fastidia más todavía que “la masa” se trague el pastel con el envoltorio y todo: los productores de True Detective han sabido medir con precisión milimétrica las inquietudes del espectador medio que se las quiere dar de intelectual pero que a la hora de la verdad no quiere pensar demasiado y miles de personas han mordido el anzuelo. ¿Saben en lo que pensé yo cuando empecé a ver True Detective? En otra serie de la HBO que tiene extraños puntos en común (títulos de crédito, ambientación, música, parte del título) con ella: True Blood (ojo, de aquí en adelante cuando digo “True Blood” me estoy refiriendo a “los 15 primeros episodios de True Blood”. Ya sé que el resto es un despropósito). Puede parecerles una estupidez, pero aprendí mucho más sobre el sur de los Estados Unidos, su gente, su carácter y su historia viendo la aparentemente inocua fábula de Alan Ball que la profunda perorata de Nic Pizzolatto.

Sexo, sangre, violencia, racismo y, sobre todo, un sentido del humor muy ácido. Yo me quedo con estos tres

Sexo, sangre, violencia, racismo y, sobre todo, un sentido del humor muy ácido. Yo me quedo con estos tres

¿La clave? Bajo la excusa de los vampiros, el sexo, la sangre, bastante violencia y drogas; True Blood nos ofrecía un retrato estremecedoramente fiel de la Louisiana profunda, coincidiendo en la factura técnica de calidad y en la búsqueda de buenos actores para encarnar a sus personajes con True Detective. La clave de True Blood, y lo que hace que sea una serie a la que vuelvo una y otra vez con cariño, es que el espectador puede elegir: elegir entre ver una historia de vampiros y sexo protagonizada por una chica un poco tontita o bucear en la alegoría de la América rural, paleta, machista y racista, de los negros que miran a “los nuevos negros” por encima del hombro y de los pueblos y los ciudadanos hipócritas. True Blood funcionaba como un reloj en ambos casos y se afanaba por dejar al espectador elegir con qué cara del chiste sonreír. En cambio, en True Detective solamente hay una dimensión: la inmensa profundidad del monólogo como medio de comunicación directa con el espectador. Son lentejas: si las quieres las comes y, si no, también; porque True Detective como historia de intriga y detectives es bastante coñazo, aunque su cara de “producto serio y reflexivo” sea prácticamente perfecta. Es curioso cómo una de las frases más lapidarias de Rust en el último episodio de True Detective es “todos tenemos elección” cuando los mismos guionistas que la ponen en su boca nos quitan a los espectadores cualquier capacidad de decisión o interpretación sobre la historia que nos ponen frente a nuestras narices. Lo dicho. Con una de estas dos series aprendí muchas cosas que no sabía sobre los Estados Unidos de América. Con la otra, sobre los efectos a medio plazo del LSD. No me pregunten cuál me gusta más, porque ya sabemos la respuesta.

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¿Puede la filmografía de Woody Allen ayudarnos a opinar sobre las acusaciones de violación?

Desde que el pasado fin de semana el New York Times publicara la (ya famosa) carta abierta Dylan Farrow en la que detallaba los abusos a los que su padre adoptivo, Woody Allen, la sometió supuestamente a los siete años; he sentido cierta necesidad de tener una opinión al respecto. Mucho me temo que los motivos son egoístas: si fuera cualquier otro, probablemente en mi cabeza lo tacharía como violador y pedófilo y nunca volvería a disfrutar de una película suya sin que estas palabras rebotaran por mi cráneo. Pero es Woody Allen. Y a mi me gustan mucho sus películas. Su persona, pues miren, no lo sé, siempre me ha parecido un tipo rarito pero nunca me había preocupado, hasta ahora, por su vida privada. Aunque claro, la perspectiva de estar (hasta cierto punto) idolatrando a un señor sobre el que recaen unas acusaciones tan graves me da como que bastante asco.

En consecuencia, después de revolverme el estómago leyendo con atención la carta de Dylan Farrow otro par de textos han llamado mi atención. Trataré de enumerar lo que extraigo, muy a grandes rasgos, de ellos (empiezan a salir varios artículos en castellano sobre el tema aunque la mayoría son más o menos traducciones de algunos de los que comento aquí).

  • La carta de Dylan Farrow en The New York Times. (Hay una versión traducida al castellano en El País) Más allá de las acusaciones contra su padre adoptivo, ya conocidas desde 1992, la hija de Mia Farrow da detalles terroríficos sobre el comportamiento que Woody Allen exhibía hacia ella ya antes de la violación y, por supuesto, de ésta. En consecuencia Dylan se pregunta cómo la comunidad cinematográfica puede encumbrar y premiar la obra artística de un hombre capaz de cometer semejantes atrocidades y se dirige directamente a algunas de sus actrices fetiche de los últimos años para preguntarles cómo se sentirían si les hubiera sucedido a ellas.
  • La columna de Nicholas Kristof en The New York Times, amigo de la familia Farrow, y editor responsable de la publicación de la carta de Dylan. Obviamente, como responsable de la publicación de la carta, da credibilidad al contenido de ésta; aunque admite que no podemos saber con certeza qué sucedió allí. Apunta, no obstante, la horrorosa frecuencia con la que jóvenes son sometidos a abusos sexuales y nos invita a reflexionar sobre el tema.
  • El extensísimo artículo de Robert B. Weide, autor del documental Woody Allen: El Documental (2012), en The Daily Beast.  (Para quien no hable inglés o no tenga mucha paciencia se puede encontrar una especie de versión muy simplificada de este artículo en Playground Magazine). Weide toma el papel de defensor de la causa de Allen. Intentando ser condescendiente tanto con Mia como con Dylan Farrow, argumenta que en el proceso judicial que se abrió en 1992 como consecuencia de las acusaciones interpuestas contra Allen, no fue posible encontrar ni una sola prueba concluyente (ni testigos ni exámenes médicos) que apoyara la versión de Dylan que, para colmo, era contradictoria en algunos puntos. En su extensión parece dar a entender que toda esta historia es una especie de venganza en la que, tras conocerse el idilio de Allen con una de las hijas adoptivas de la actiz, Soon-Yi (la actual esposa de Allen y ya mayor de edad en aquel momento) una despechada Mia Farrow convence a su hija Dylan de que se invente estas acusaciones.
  • Un artículo (bastante menos extenso) de Roxane Gay en Salon. Desde un punto de vista menos condescendiente, arremete contra quienes defienden separar al artista del hombre a la hora de abordar este caso. Dice que prefiere no defenderle y luego darse cuenta de que se ha estado equivocando y lamenta la casi imposible tarea de documentar y probar la mayoría de las violaciones que se producen, con la impunidad que ello conlleva.

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¿Feminismo o presunción de inocencia? ¿Podemos quedarnos con el artista sin quedarnos con el hombre? Tiene gracia (si me permiten la ligereza de la palabra) que estemos hablando precisamente de un hombre que ha dedicado muchas de sus obras a reflexionar (casi filosóficamente) sobre la relación del artista, entendido como individuo, con su obra. El ejemplo más claro cristaliza en una de mis películas favoritas de su filmografía, online viagra usa (1994), cuando John Cusack le pregunta desesperado a su compañera de cama “¿Pero tu a quién amas? ¿Al hombre o al artista?”. Es una pregunta que sobrevuela muchas de sus obras, desde las consideradas “comedias menores” como buy viagra in ukraine (2004), Vicky Cristina Barcelona (2008) o Un Final Made In Hollywood (2002) hasta alguno de sus guiones más brillantes, como Desmontando a Harry (1997) o La Rosa Púrpura de El Cairo (1985). Debajo de los chascarrillos, de los repartos de infarto, de los chistes que te hacen reír de manera incontrolada, de los neuróticos personajes o de la visión generalmente estereotipada de los personajes femeninos; estas películas comparten algo: una reflexión sobre cómo surgen las historias, sobre la intervención crucial del artista sobre ellas y las consecuencias que estas desencadenan en la vida no artística del individuo. Woody Allen, en sus películas, parece dejarnos claro que, en caso de artistas de auténtico talento (volvemos a Balas Sobre Browadway) no es posible separar al hombre del artista. Aunque, no obstante, me parece que el propio Allen sigue dándole vueltas a este asunto y habrá más películas en las que podamos continuar estudiando sus elucubraciones sobre el tema.

Ahora bien: nos pide Dylan Farrow en su carta que dejemos de premiar la carrera de su violador. Que dejemos de ver sus películas. Prácticamente nos exige que deje de gustarnos. ¿Pueden gustarme las películas de un (presunto) violador? ¿Estoy incurriendo en un lamentable caso de incongruencia con muchos de mis ideales? Peor aún: ¿soy un poco cómplice de su delito cada vez que me río con lo de “Claustrofibia y un cadáver, ¡el colmo de un neurótico!”? Supongamos que, en efecto, Woody Allen es un pedófilo y un violador. ¿Sería el mismo artista de no ser un puto enfermo mental? ¿Serían los mismos los diálogos de Annie Hall si su creador no tuviera, digamos, una tara mental? Sinceramente, lo dudo. Me temo que sea Woody Allen solamente un tipo rarito y excéntrico o un violador de niñas, estas características de su personalidad son determinantes en el desarrollo de su (a mi gusto) genialidad cinematográfica. Pero, ¿son los gustos personales motivo suficiente para desacreditar la obra (artística, intelectual, científica) de una persona? ¿Tiramos por la borda todos los textos clásicos griegos por estar escritos por gente que consideraba normal y saludable mantener sexo con niños? ¿Borramos el nombre del Marqués de Sade de los libros de historia porque era un tarado? ¿Dejamos, los físicos, de utilizar las Leyes de Newton porque Sir Isaac era un personaje turbio, retorcido y de moralidad dudosa? ¿Quemamos todos los ejemplares de La Colmena o de La Familia de Pascual Duarte porque Cela era un misógino y un facha de mierda? Aceptémoslo: si nos la cogemos con papel de fumar, solamente vamos a poder leer a Doris Lessing y las etiquetas de los champús.

Todo esto para decir que, aunque se demostrara que Woody Allen fue culpable de los crímenes de los que se le acusan, para mi ello no borraría la genialidad de sus obras. Aunque también es cierto que si en 1992 hubiera sido declarado culpable y encarcelado, Allen no habría podido ser autor de, como poco, la mayoría de las películas que firmó en los años 90. Eso borraría del mapa grandes ejemplos de su genialidad como Misterioso Asesinato en Manhattan (1993) o Poderosa Afrodita (1995), amén de que sin duda la cárcel habría cambiado para siempre al hombre y me atrevería a apostar de que ni una sola de las películas que ha hecho desde 1992 (es decir, más o menos la mitad de su filmografía, aunque no sus títulos más míticos) habría sido como las conocemos (podrían haber sido mejores, pero no lo sabemos).

Hasta aquí lo único que yo sabría decirle a Dylan Farrow sobre lo que nos pide en su carta. Sobre lo otro, sobre lo que es serio y grave… no sé qué decir. Muchos están comparando este caso con el de Polanski y no me parece del todo adecuado: en el caso de éste último hay una sentencia judicial firme contra él y un mogollón de amiguetes (entre ellos para mi vergüenza mi admirado Pedro Almodóvar) que piden que se le perdone al pobre (violador de mierda) solamente porque es un gran artista (ahem… no). En el caso de Woody Allen hubo un proceso judicial que no consiguió encontrar ni una sola prueba concluyente contra él. ¿Sobornó Allen a todos los implicados? Uno esperaría que 20 años después alguno se hubiera ido de la lengua, si ese hubiera sido el caso. Comparto la frustración de las feministas por lo difícil que es demostrar crímenes relacionados con el acoso o los abusos sexuales. No estoy segura d conocer una forma de mejorar el sistema, pero me temo que dar credibilidad absoluta a cada mujer que acusa a un hombre de violación tampoco lo sería. Es obvio que Dylan Farrow cree firmemente que ella no solo fue violada por Woody Allen, sino que éste la sometió a todo tipo de abusos antes de llegar a este último extremo. No encuentro palabras que no suenen vacías para expresar cuánto siento que ella se sienta así y cuánto espero que pueda superarlo en la medida de lo posible y llevar una vida rodeada de personas que le hagan sentir amada y feliz. Pero para enviar a una persona a la cárcel hacen falta pruebas. Y en este caso no las hay. No creo que pueda quitarme de la cabeza las dudas sobre Woody Allen de ahora en adelante, pero tampoco puedo autoconvencerme de que es culpable de algo cuya verdad solo conocen dos personas en el mundo: él y Dylan Farrow.

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Dos años sin

“Tu padre ha muerto”. Hacía frío pero mucho sol. Estás en el despacho y por un momento todo parece detenerse. Justo después, todo se acelera y al rato estás en una mesa con un señor muy amable eligiendo un ataúd. ¿Os habéis preguntado alguna vez en la vida en qué queréis que os entierren? Yo sí. Pero nunca pensé que también hubiera que elegir el color del barniz o el tamaño del crucifijo. Y mucho menos, no había trasladado la pregunta a mi padre. Así que ahí estás, con un vaso de agua y una cara de susto tremenda mirando un catálogo de ataúdes y coronas de flores. Creo que nunca jamás en mi vida me ha importado tanto el qué dirán, aún viniendo de gente a la que llevaba años, si no décadas, sin ver. No puede ser ni demasiado caro ni demasiado barato. Y una voz dentro de ti no para de gritar ESTO NO ESTÁ PASANDO. Pero sí. Tu padre ha muerto, eres lo único que queda de él en esta tierra y nadie va a elegir el ataúd por ti. Y, para colmo, cuando dos años después intentas sentarte a tener un diálogo sincero con tu corazón para escribir algo sobre el tema, lo primero que te viene a la mente es el puto ataúd.

Que ni siquiera soy capaz de recordar el modelo que elegí.

Después de aquello, un sinsentido de gente, tanatorios, familiares lejanos mirándote con cara de asco y amigos que dicen haberte conocido “cuando eras un cañamón” pero que, aunque sepan que no los vas a volver a ver, te tratan con unas dosis de cariño sorprendentes. En algún momento mis amigos se pasaron por allí. No sé, lo recuerdo todo vagamente. En algún momento organicé una misa, contraté a una cantante lírica, ayudé a sus amigos a colgar una bandera carlista junto al (puto) ataúd y lloré en un rincón sin saber muy bien si era el presente o el pasado lo que me dolía.

¿Por qué no escribí sobre entonces sobre él o sobre aquello? ¿Por qué no hace un año? ¿Por qué hoy? ¿Le echo de menos? Aunque para cuando murió ya habíamos enterrado el hacha de guerra, mi padre y yo teníamos una relación delicada. Suena desalmado por mi parte, pero mi vida es mucho más sencilla desde que él no está. Pero también veo noticias en la prensa que pienso que le gustaría comentar algún sábado por la tarde. No fue hasta hace un año que volví a entrar en un teatro de ópera, eso sí, con una especie de nudo que pasaba de la garganta al estómago como si en un partido de tenis se tratara. Ya no me molesta tanto cuando mi madre o yo nos damos cuenta de que reproduzco algunos de sus comportamientos y a veces hasta me parece entrañable compartir los rasgos de mi cara o la textura de mi pelo con él (hubo un tiempo en el que mi madre sabía que un “Eres igual que tu padre” era uno de los insultos más graves que me podía decir). Me cuesta bastante escuchar cualquier cosa de Mozart. Supongo que eso es echar de menos.

“A su manera te quería”, creo que fue la frase más repetida aquellos días. De él aprendí que casi todo está ya en El Quijote; que Aranda de Duero es el pueblo al que ir cuando quieres ir de fiesta, que ya nadie dirige como Celibidache; que cuando duermes en un albergue es recomendable meter la cartera en el propio saco de dormir; y un extraño sentido de lealtad hacia las causas perdidas. Me prestó uno de mis libros favoritos, El Jardinero Fiel, e insistió en que la edad no debía ser inconveniente para disfrutar de la música en directo. No supo orientarla de manera productiva, pero no creo que la música fuera parte de mi vida como lo es hoy de no haber sido por él. Era extraño, incongruente y bastante irresponsable. Le gustaban Mozart, la comida, el vino, las rancheras y el conocimiento. No tenía mucha imaginación pero sí muy buena memoria. Le costó admitir que su hija no sería abogada como él, o historiadora o alguna otra profesión de las que él denominaba “femeninas”; pero tampoco tardó en alardear de la inesperada carrera y la tesis que elegí ante sus amistades. Sé que estaba orgulloso de la persona en la que me estaba convirtiendo, sin necesidad de poner un “a su manera” delante. Del mismo modo que yo ya me permito echarle de menos. Aunque sea de vez en cuando.

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Es mi pelo y me lo follo como quiero

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

Contemplo desde la barrera todo el emergente movimiento en las redes sociales para animarnos a las féminas más arrojadas a abandonar nuestros hábitos depilatorios y abrazar la nueva onda del “donde hay pelo hay alegría”. Es decir, a dejarnos crecer alegremente los pelos de los sobacos, piernas, ingles y demás zonas escondidas de la geografía femenina. En las últimas semanas Twitter se ha inundado de fotos de féminas mostrando las pelambreras de sus axilas en autofotos de dudosa calidad. Todo vale: lo importante es que se vea la prueba: que la chica en cuestión lleva varios días sin pasar la cuchillita por ahí. Cito del artículo en Playground Magazine sobre el asunto:

La iniciativa surge de [una tuitera feminista muy conocida] como parodia de #Movember (hombres luciendo bigote): “se me ocurrió como apoyo a la compa [otra tuitera feminista muy conocida, aunque no tanto como la primera], cuyo avatar tuitero es una foto suya luciendo pelambre con orgullo. La pobre se enfrenta cada día a machirulos que le echan en cara sus pelos”.

La pobre. Lo que no mencionamos por ningún sitio es que “la pobre” también se niega a responder a cualquier persona que desde el respeto y la buena educación se acerque a preguntarle “Oye, ¿por qué lo haces?” o “¿Por qué haces de ello tu avatar en Twitter?” porque parece ser que, en lo que a pelos se refiere, preguntar es ofender. En cualquier caso, admito que la pobre en cuestión debe tener que leer cosas muy  desagradables y no la envidio nada por ello (esta última frase está exenta de ironía). De que así surge la iniciativa: nada de cuchillas en nuestros sobacos feministas.

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

- Pero… ¿por qué?

- ¡Joder, porque mola! ¿No está claro?

- ¿Mola? Llevar al aire los pelos de los sobacos… ¿mola?

- ¡Claro que mola! Las francesas lo han hecho siempre.

- ¿Entonces me tengo que aprender también la Marsellesa? ¿Ahora me cubre la seguridad social el fisioterapeuta? ¿Podré hablar de las denominaciones de origen de quesos sin que me miren como a una loca? ¡VIVA EL MATOJO!

- No te pases, ¿eh? Piensa: tu, ¿por qué te depilas?

- Esto… ¿para quitarme los pelitos de zonas de mi cuerpo en los que no me gusta verlos?

- ¡EL PATRIARCADO!

- ¿Qué pasa con el patriarcado?

- Claro, es el patriarcado el que pone esa cuchilla en tu mano.

- (Se mira la mano. Se mira el sobaco. Se vuelve a mirar la mano) ¿Ha entrado alguien en mi casa sin mi consentimiento? ¿Cómo sabes esto? ¿Por qué no llamas a la policía?

- ¡MACHIRULA! ¡NEOMACHISTA! ¡FACHA!

A lo que iba. Cuchilla. Maquinilla. Depilación láser. Cera. O pasar del tema. Parece ser que algunas famosas de Hollywood como Julia Roberts o Cameron Díaz se muestran partidarias de dejarse la pelambrera en las axilas y las ingles, respectivamente (en realidad por lo que leo Cameron Díaz está en contra de la depilación integral del vello púbico: entre eso y no depilarse en absoluto hay toda una gama de grises, creo yo). Y los faros del feminismo de Twitter parece ser que no quieren ser menos. Todo sea por el feminismo, claro que sí. ¿Por qué? Preguntar por qué es cosa de machirulos, amigas: aquí no hay porqués ni porcás que valgan. Lo dicen los faros del feminismo y punto.

Captura de pantalla 2014-01-24 a las 11.55.46

Y yo, qué quieren que les diga, cuando me abrí un blog personal hace años nunca pensé que acabaría hablando aquí de mis costumbres depilatorias. Pero resulta que sí (y parece que por algo de aclamación popular). Que hoy vengo a decir que me paso la cuchillita por las axilas cuanto menos una vez por semana y la epileidi por las piernas y las ingles cada dos o tres. Nada de depilaciones permanentes o totales en ningún sitio (nunca el dicho “ni tanto ni tan calvo” pareció venirme más a pelo): una depilación austera y casera que hago yo misma cuando puedo y/o quiero. Y que no pienso dejar de hacerlo. Y que no me creo por ello menos consciente de mis derechos, dueña de mis decisiones o segura con mi sexualidad o mi físico. Lo hago no solamente porque siempre lo he hecho (que también) o porque tenga una pareja a la que no le guste que esté sin depilar (que no): es sencillamente porque me gusta. Porque me gusta la sensación de tener las piernas suaves después de depilarme (repito: suaves para mi que, de mucho tiempo a esta parte, soy la única que las toca); porque nadie se fija en mis ingles cuando voy a la piscina a nadar salvo yo pero, si me fijo yo, quiero que me guste lo que veo y lo que me gusta es que estén libres de pelitos en las zonas que no cubre el bañador; y porque las axilas son un lugar en el que tiende a acumularse sudor que produce olores desagradables. Hay chicas con un olor corporal muy tenue: yo no soy una de ellas. Aunque por aquí hay gente que se está poniendo las botas a decir que no hay ninguna fundamentación higiénica en el tema de la depilación, en mi caso, y no me cabe duda de que en el de muchas otras chicas también, hay un tema de olor. Y yo soy muy de defender mis derechos y oler bien al mismo tiempo. Que se puede.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

Llevo mi delirio a un último giro: “Machos: acostumbraos a la pelambrera” reza el título de uno de los artículos que he enlazado antes. Machos. Ahá. Y yo, que soy una de esas desviadas a las que les gustan las mujeres, ¿dónde encajo en todo esto? Nos tendremos que acostumbrar a la pelambrera todos y todas (el lenguaje inclusivo solo parece molar cuando no queremos hacer titulares de impacto). Amosdigoyo. ¿Y este “acostumbraos” implica “tiene que gustaros” o nos tenemos que acostumbrar a ello como a un mal pasajero, como los tangas o las chicas con el pelo teñido de azul (por cierto chicas: os queda fatal. Alguien os lo tenía que decir), sopena de que como digamos algo encima seremos lo peor de lo peor? Porque yo lo admito: aunque no rechazaría a una chica por no ir depilada (para rechazar chicas estoy yo), sinceramente me gusta más que lo esté. Ni más ni menos que por los mismos motivos por los que me gusta estarlo a mi y que, honestamente, no me parecen ni más ni menos fundamentados que los no-argumentos que está llevando esta gente del matojo feliz.

En resumen chicas: encuentro tantos buenos motivos para depilarse mucho, poco o nada como para no hacerlo. Sencillamente el gusto de cada una, el nivel de aceptación del propio cuerpo y la propia belleza y, en resumen, aquello que nos haga sentir más guapas y contentas con nosotras mismas. A mi lo que me gusta es ir depiladita, vaya a compartir o no mi piel con alguien. No hago de ello ni un drama ni una ideología porque, sencillamente, no creo que lo sea. Es una elección personal, tan sana y respetable como cualquier otra.

Y ya está. Eso es lo que pienso de este asunto.

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Orgullo

Mañana dejo la casa vacía de cara a un viaje de varios meses. Obviamente, en mi nevera no puede quedar nada más que aire y le daré, como otras veces, la comida que no haya llegado a comerme a mi madre. No porque mi madre necesite que yo le de comida sino porque no conozco a nadie en su sano juicio que disfrute tirando comida a la basura. Acabo de salir a hacer una cosa por el barrio y a la vuelta he encontrado a un anciano con las piernas muy delgadas (llevaba pantalones cortos) rebuscando en el cubo de la basura del portal de al lado de mi casa. He dudado unos instantes pero finalmente me he acercado, pensando en los dos huevos huevos, algo de queso, salchichas y yogures que quedan en mi desangelado frigorífico, a menos de medio minuto de la escena; y le he preguntado al señor, con toda la delicadeza de la que he sido capaz, si necesitaba algo de comida. El hombre me ha mirado indignado. “¿Qué pasa? ¿Quieres algo?” “No, le pregunto si NECESITA usted algo de comida. Como le he visto ahí (señalo el cubo)…” “¿Quieres algo? ¿No? Pues déjame en paz”, ha dicho visiblemente contrariado. Y, obviamente, le he dejado en paz.

Los ancianos rebuscando en la basura son una de las cosas que no voy a echar de menos mientras esté viviendo fuera. Supongo que en realidad están en todas partes. Pero en esta ciudad me los encuentro siempre.

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Un final para Dexter

Ante un ambiente de fascinación por la nueva mejor serie de la historia (tono irónico), ha acabado una de esas historias que con la tontería llevaba 8 años acompañándonos. Hablo, obviamente, del inocentón descuartizador de Miami que hace unos años estaba en las bocas y en los corazones de todos los aficionados a la televisión. Leo por Twitter que casi nadie está satisfecho con el devenir de esta última temporada del antiheroe y aún mucho menos con el final que se emitió este domingo. Que los personajes se han simplificado y que todo el mundo se ha puesto a cagar arcoiris son las acusaciones que más se repiten. Como si en estos 7 años Dexter hubiera sido una serie dura, compleja y sin concesiones al espectador. Tengo que admitir que me sorprende mucho esta reacción de loa aficionados ante una serie que ya desde su segunda temporada jugó sistemáticamente a tomar al espectador por tonto mientras, tampoco lo olvidemos, dicho espectador daba palmadas con las orejas.

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Dexter fue una serie maravillosa. Durante un año. Durante aquella primera temporada llena de tensiones, flashbacks, dilemas y sangre. La primera temporada de Dexter me pareció magistral: una combinación perfecta de protagonista carismático y desconcertante, secundarios graciosos, historia intrigante, buenos actores y desenlace emocionante. Un personaje de un psicópata frío, carente de sentimientos y empatía que se hacía creíble por la precisión de su inhumanidad y sobre todo por la interpretación de Michael C. Hall. Después de aquello, cuando a Dexter empezó a gustarle follar, la relación con Rita se volvió más seria y los trucos que había que emplear para que no le pillaran se volvían cada vez más rocambolescos, nada volvió a ser lo mismo. Dexter pasó a ser un mero entretenimiento que ponerme mientras me tomaba la cena los lunes y, a veces, ni eso.

La novia pirómana inglesa (menuda hostia tenía la chica), el fiscal cómplice (otro que tal bailaba) que se desmadraba y una Rita que empieza siendo un personaje rico, complejo, fascinante y que acabó siendo una esposa modelo, madre de tres fieras que lo único que hace es utilizar una panificadora. En la cuarta temporada de Dexter Rita estaba tan quemada, aportaba tan poco a la historia y era, directamente, tan hinchable a hostias, que se limitaron a matarla en un giro de guión sin pies ni cabeza, haciendo que un asesino que tiene un modus operandi claro y obvio se desvíe completamente de todas las bases que se le han puesto como personaje, matara a Rita sin razón aparente. Por aquel entonces, ya tres años después de la genialidad, mi desafección con Dexter era patente: la muerte de Rita marcó mi divorcio definitivo con la serie. Y no porque me gustara el personaje más o menos (era tan inútil que lo único que podían hacer era matarla), sino porque aquel giro demostraba la escasez de ideas en la que se movían los guionistas de la serie y la estupidez del espectador medio, que vitoreaba aquella temporada como la más impresionante de todas; cuando hasta la muerte de Rita (último minuto del último capítulo) no había pasado nada fuera de lo normal. Después de aquello vi la quinta temporada por pura inercia, con la sexta ni me molesté y en la séptima volví solamente porque alguien me comentó que, por fin, Debra se enteraba de todo.

dexter-debra

Ay Deb. Ahora que lo pienso, creo que he visto todas las temporadas que no fueran la primera solamente por ella. Y no solo porque Jennifer Carpenter me parezca muy guapa, que también, sino porque era el único personaje que evolucionaba y cambiaba pero sin que pareciera una esquizofrénica. Desde esa agente disfrazada de puta que vemos en el primer capítulo hasta el personaje torturado que es en la octava temporada pasan muchas cosas, la mayoría de las cuales son interesantes, realistas y que despiertan la simpatía del espectador. No era un secundario cargante como Masuka o una estirada de mierda como LaGuerta. Era el contrapunto cómico de Dexter y, en muchos momentos, el único detalle que hacía la serie soportable. Muchos se quejan de la estupidez de su novio intermitente, Quinn pero, seamos sinceros: esas chicas tan geniales siempre están con auténticos capullos. La vida es así, por mucho que nos fastidie. Por eso muchos creían que un hipotético spin-off de Dexter la tendría ella en el ojo del huracán.

En fin, que vienen los SPOILERS.

Pero, obviamente, eso ya no va a poder ser: Debra ha muerto, constituyendo ello una decepción más que una sorpresa para los espectadores. Y Dexter se acaba. A mi gusto, con seis o siete años de retraso, pero se acaba y de la peor manera posible: en medio de una especie de huracán mediático en el que todo el mundo habla de Breaking Bad y de lo mala que está siendo la última temporada de Dexter. Con esta serie, me temo, que la avaricia ha roto el saco: una temporada más aparte de la primera en la que se descubriera a Dexter de manera inevitable y punto. Pero, aparte de la avaricia, el principal problema era lo inevitable del final: lo lógico sería que Dexter fuera descubierto (preferiblemente por su hermana), pero ello solamente llevaría a un desenlace posible: la silla eléctrica. Y el espectador nunca estuvo dispuesto a ver a su adorado antihéroe pagar por sus crímenes. De modo que estando el final lógico descartado, los guionistas se pusieron a dar vueltas durante siete años sin saber nunca demasiado bien qué hacer. Convirtieron entonces Dexter en una especie de telenovela con momentos más o menos vergonzantes en la que el humor negro quedó sustituido por una suerte de melodrama que muchas veces no estaba del todo bien argumentado.

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Es por eso, creo yo, que me dispuse a ver esta temporada con buenos ojos. Bueno, por eso y por Yvonne Strahovski, para qué mentir. El caso es que lo he visto todo con la filosofía de “bueno, al menos esta vez sí que es el final” y como que me he enfadado menos que otras muchas personas. La octava temporada ha sido una serie de bandazos sin pies ni cabeza: Debra está enfadada, Debra intenta matarle, Debra le perdona; ahora me busco un aprendiz, ahora me matan al aprendiz; ahora tengo otra “madre” pero está como las maracas; ahora mi ex psicópata resulta que es una madraza y cocina que te cagas… sí claro, ni pies ni cabeza. Igual que la séptima temporada. Igual que el absurdo final de la quinta. Igual que el asesinato de Rita y un larguísimo etcétera de bandazos sin sentido que ha tenido Dexter en estos últimos años. Por algún motivo ignoto ahora hemos decidido que esas cosas nos van a molestar.

A mi me molestan cosas más retorcidas, como el miedo de los guionistas a explorar la enfermiza obsesión que tiene Debra con su hermano. Al fin y al cabo, realmente no son hermanos y podrían sin demasiado riesgo al menos haberlo tanteado un poco más. La situación era muy atractiva al menos para mi degenerada mente, pero eligieron enterrarlo todo haciendo aparecer a la novia perfecta para el psicópata. El personaje de Hannah nunca fue para tirar cohetes pero oye, al menos hicieron bien el casting. Así que nada, en lugar de eso hemos puesto a Hannah de niñera (habría que estudiar la necesidad constante que tiene Dexter de tener una mujer en su vida que se haga cargo de su hijo, por cierto) y a Deb la convertimos en su amiga del alma. Todo arreglado, después de vueltas y revueltas nos ponen un final feliz al alcance de la mano, todo el mundo dice “Pues vaya puta mierda, ¿por qué es todo tan feliz?” para luego arrebatárnoslo en un nuevo (y nada inesperado) giro en el que matan a nuestra favorita y Dexter, en un arrebato de culpabilidad, se priva a si mismo de la vida feliz que nos habían prometido.

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¿Mal? Sinceramente, me lo esperaba peor. Bueno no, los cromas durante todo el episodio final son absolutamente patéticos pero, aparte de eso, no estoy segura de que hubiera habido un buen final para Dexter. Es decir, no ahora. Cualquier cosa serían un pastiche sin demasiado sentido, como lo han sido estas temporadas. Sí que he de admitir que me habría gustado sentir algo más de… yo que sé, pena, cuando se ve que Debra va a morir y que todo se va a torcer de forma inevitable. Supongo que la indiferencia es máxima ya a estas alturas. Y casi que prefiero que maten a Debra: garantiza que no podrá haber spin-off y que todos los actores de la serie podrán dedicarse a otra cosa (espero, vaya). No es un buen final, pero es que hace muchos años que no era una buena serie. Ha estado más o menos a la altura de lo que esperaba pero, sobre todo, me alegro de que haya terminado.

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